La huella invertida

 

Es curioso el significado que le hemos dado al efecto que en el suelo tienen nuestras pisadas.  Hasta la luna hemos llevado alguna, y más lejos si pudiéramos… Recuerdo con cariño dejar concienciudamente  muchos de mis sellos podales en un camino de polvo, y también intentar vaciar algún charco a base de pisotones. Por eso a veces significan fuerza, a veces nuestra base, otras el testimonio de nuestro recorrido. Y todo ello gracias al grave afecto con que la Tierra nos atrae hacia sus entrañas.

Huellas efímeras para nuestro vasto hogar, que a través de su excelsa generosidad también deja su impronta en nosotros. Nos regala mares profundos para recordarnos nuestra inmensidad. Acantilados y altas cumbres que nos acercan al vacío. Nos regala cálidos atardeceres que susurran dulzura. Y por supuesto el mayor despliegue creativo a través de incontables formas de vida.

Esa impronta generosa que muchos buscamos en nuestros días de asueto, o en vacaciones. Esa impronta es la que titila en la mirada de tanta gente que vuelve a su cotidiana vida, una tarde de septiembre en Madrid.

¿Durará tanto como aquellas pisadas polvorientas? O quizá permanezca, pues hay quienes hacen de ella una huella indeleble, y cuentan con sus ojos lo más bello de su viaje.

El lado oscuro de la fuerza

En nuestro afán de dominar y conquistar cualquier cosa que se nos pone por delante, hemos desfigurado una de las variables más importantes con las que contamos para el avance: la fuerza.

En realidad, lo que llamamos fuerza es un racimo de talentos que tienen el impulso como denominador común:  coraje, arrojo, valentía, determinación… pero sobre todo, se basan en la convicción profunda de que debemos llegar hasta el final de algo, pues sabemos que ese destino es  de vital importancia para nosotros.

El aspecto masculino de la fuerza es el más evidente de todos, y quizá por eso el hombre ha hecho un estandarte de la fuerza como valor aunque en nombre de la fuerza (bruta) se hayan cometido las mayores barbaridades.  Esto ha generado una serie consecuencias difíciles de resolver, ya que culturalmente estamos animados a seguir luchando y no ceder ni un milímetro ante las adversidades, cuando en el fondo sabemos que a veces también tenemos que rendirnos.

Cuando la fuerza nubla la vista no tiene sentido seguir pulsando.  Quizá es porque nadie nos ha enseñado que estarse quieto es otra forma de moverse, y que la mayor fuerza se encuentra en lo más hondo de cada uno: en su verdad.

Crecer

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Crecer, ese acto inevitable que nos propone la vida; es algo que ocurre en singular, aunque crezcamos junto a otros, o incluso a la vez que otros. Podemos hacerlo más rápido o más despacio, a voluntad. Podemos incluso pararnos, solidificarnos en una etapa fascinante. O en una desastrosa. Y a pesar del precio a veces nos quedamos ahí, hasta que nuestra propia pulsión nos saca de golpe de ese escenario que con tanto mimo hemos construido.

Crecer duele, pero solo al principio, cuando se confunde la experiencia con el aprendizaje. Una vez lo distingues ya nada es igual. De pronto tienes ganas de ir a por todas,  disfrutas de lo que sucede ya sean bendiciones o impedimentos. Un día te permites jugar, arriesgar, romper…  Y otro  te propones ampliar una parcela desértica de ti mismo con la misma ilusión que planificas unas vacaciones.

Así prolifera el conocimiento de las cosas de una forma liviana, distendida y espaciosa, siendo la alegría misma de descubrir  quien va abriendo el camino.

Por cierto, bienvenida Diana.

Seguir luchando

La lucha es uno de los conceptos más terribles que hemos inventado. Es cierto que tenemos un instinto muy fuerte  (como todos nuestros instintos) de supervivencia, y quizá eso es lo que un día se nos fue de las manos. Porque una cosa es saltar y correr para no ser devorado por un animal y otra hacer una forma de vida de un impulso vital. Así, hemos creado desde profesionales de la lucha hasta asociaciones en las que poder luchar por grandes ideales. Luchar por la igualdad, luchar por la justicia… incluso osamos a luchar por la vida.

No sé cuantas veces habré luchado desde que existo, pero no recuerdo haber ganado nada en ninguna. Lo que sí recuerdo, y con todo lujo de detalles, es cómo todo se ponía patas arriba. Recuerdo el estrés, la tensión y, sobre todo, el sufrimiento. Recuerdo haber destrozado cosas  como relaciones o proyectos. Recuerdo incluso haberme destrozado. Sí, eso es lo que mejor se reconoce de una buena lucha: la destrucción, que además suele ser inmaterial. En el momento no te das cuenta, porque la tensión de los acontecimientos te distrae. Pero cuando todo cesa y te aflojas queda un gran vacío. Un árido desierto plagado de grietas donde lo único que cabe es la misericordia.

Más vale maña que fuerza, dice la sabiduría popular.  Y es lo que me recuerdo cada vez que aparece la tensión, en lo más cotidiano, que me llevará a la lucha. Respiro, y me digo: piensa. Siempre hay un resorte oculto que desarma la situación con solo rozarlo. ¿Cuál es la tecla esta vez? 

Si crees que tienes que luchar… ríndete.

La carrera del talento

Vivimos en una época de altísima especialización. Parece que el mínimo para desarrollar una trayectoria laboral aceptable es tener un doctorado a tus espaldas, como si lo que hubiéramos aprendido en las décadas anteriores de formación no fuera suficiente. De hecho,  tiene algo de verdad, porque la mayoría de los datos que aprendemos en los colegios/institutos/ universidades los olvidamos. Sin embargo nos esforzamos porque “hay que ser alguien”, “hay que ganarse la vida”, etc.

Gracias a la tecnología tenemos todo ese conocimiento disponible para cuando  lo necesitemos y por fin podemos librarnos de la lacra de memorizar cosas que no tienen sentido para nosotros. Porque la clave es esa. ¿Qué es lo que quiero aprender realmente? ¿Cuáles son mis intereses más auténticos? Y desde esas premisas aplicar nuestros mejores talentos para sacar el máximo partido a nuestras investigaciones.

Para esto se requiere, además de un gran conocimiento de uno mismo, una gran valentía pues la autenticidad aplicada rompe drásticamente con lo establecido. Es el camino del genio: talento y pasión conjugados en un acto creativo.

Sobre el control

Uno de los peores enemigos del ser humano, desde siempre. Embriaga con su impronta muchas facetas de la vida, pues cuenta con acérrimos seguidores que alaban la seguridad y el orden que, aparentemente, proporciona. Vive camuflado bajo tantas caretas, como el perfeccionismo, el compromiso o la disciplina, valores muy loables,  pero que se viven con gran tensión y exigencia.

A veces el control surge del miedo: a ser despedido, a que algo se vaya de las manos, a que una relación se termine… Genera patrones obsesivos, espirales de pensamiento que se cierran sobre sí mismos y terminan desbordando la psique. Muchas veces no hace falta ni actuar para estar preso del control,  pues vive sobre todo en nuestra imaginación.

Por suerte la vida nos propone jugar a la incertidumbre. Jugar con el espacio que hay entre las probabilidades, dejarse sorprender por lo inesperado, entrenar la confianza ciega que exigen los saltos al vacío y también la entrega. Permitirse el máximo desprendimiento para que las cosas puedan moverse y transformarse.

Conozco pocos jugadores a quienes les vaya bien en este juego, pero todos tienen una cosa en común: su capacidad para disfrutar de las cosas.

Social media drama

Hace tiempo que las noticias vienen casi todas con imágenes y sonidos muy explícitos para conseguir un mayor impacto en el espectador, con el fin de enganchar y conseguir más adeptos. Algunas rozan lo ridículo, otras lo truculento… Pero en general el objetivo es alimentar  las emociones más bajas pues son, sin duda, las más adictivas.

¿Cómo seguir las noticias cuando el objetivo del comunicador (consciente o inconscientemente) es despertar una revolución bioquímica en tu cuerpo? Sería fantástico que se contaran de forma que nos dieran lugar a reflexionar desde la calma, a empatizar sin sufrir, a conocer detalles relevantes para poder llegar a la raíz de los problemas… Salir de la emocionalidad nos permite ampliar nuestro enfoque, tomar la distancia justa para poder impregnarnos de lo importante sin enredarnos en el drama. Esto no es bloquear lo que se siente, sino dar  un lugar adecuado a las emociones para poder usarlas como herramientas que son.

Tampoco quiero decir que no haya que informar de tragedias, tan sólo cambiar el enfoque para dejar de generar catástrofes emocionales… Sí, para la gente sensible puede ser muy desestabilizador sumergirse a diario en estos campos tan tóxicos de información. Y para los no sensibles también, aunque no se den cuenta.

Mientras haya informadores con tan poca ética solo nos queda elegir muy bien nuestras fuentes…

El poder de las visiones

Todos tenemos algo de visionarios. Quizá no tengamos la fórmula para solucionar los problemas del mundo o para hacernos millonarios, pero sí para saber qué nos conviene en cada momento, en lo más cotidiano.

Gracias a nuestra sensibilidad accedemos a información útil que puede generar transformación en nuestra vida. Es lo que comúnmente hemos llamado intuiciones, visiones, corazonadas… Y que suelen venir con una gran certeza y desafiando a la lógica. Muchas veces se cumplen cual profecía, otras no.

Después de un  tiempo guiándome por este mecanismo y viendo a dónde me han llevado los resultados, me he dado cuenta de que estos, en sí mismos,  no son tan importantes. Hay todo un proceso vital desde que se tiene la información hasta que finalmente algo ocurre y es ahí donde, como conciencias que somos, sacamos provecho. Solo que cuesta mucho pillar esa hebra y no despistarse con el ajetreo diario. La mejor forma de conseguir un resultado es centrarse en el proceso. Además, es muy fácil engancharse a las expectativas si se trata de algo positivo o deseable, y también atemorizarse por las consecuencias si se trata de una visión perturbadora.

El poder de las visiones reside en  el efecto que producen en uno mismo; el trabajo, aprender sostenerlas, desgranarlas  y dejar que impacten de lleno en tu realidad.

 

El lugar de las acciones 

Cuando era adolescente y según iba conociendo las atrocidades del mundo en que vivimos, y reconociendo que provenían de la ignorancia y perversidad humana generalizada, di por hecho que era muy difícil que algo cambiara realmente a mi alrededor. Ese mundo en paz y coherente que solía imaginarme… otra vez tendría que dejar de lado mis fantasías – pensaba. Así que llegué a la conclusión de que quizá sería más feliz si no supiera tantas cosas. Pero eso duró poco. Ya sabía demasiado como para olvidar u obviar que lo esencial de la vida (el respeto, la tolerancia, la empatía…) no estaba garantizado.

Ahora, unos años después, y tras haber profundizado en el origen y sostenimiento de la ignorancia y la perversidad humana, creo que estamos más cerca de que esos valores esenciales también se generalicen y podamos vivir en una sociedad con mayor equilibrio y que brinde oportunidades de crecimiento desde otros parámetros: ética, honestidad, autonomía, interdependencia…

Aunque también soy consciente de que estos cambios, esta evolución global, únicamente se sustenta en el sumatorio de los avances individuales y la impronta que dejan en sus áreas de influencia (familia, trabajo, comunidad, etc), y que, además, cuanto mayor sea el compromiso con esos valores esenciales mayor el efecto que produce el individuo. Por eso creo que  se dará a lo largo de muchos años, ya que todavía nos comprometemos más con otras cosas. Todavía predominan valores basados en el miedo.

Con alegría, paciencia, ilusión y el convencimiento interno de que camino hacia lo mejor de mí y de que eso trae un beneficio global, actualizo los pequeños y grandes detalles del gran mosaico en el que participo.

¿Juegas?

 

 

 

 

(fuente imagen)